HACE
AÑOS que no hablo nada, con nadie. Empezó un día. No recuerdo
cuándo, pero fue el día en que por primera vez dije la verdad. Sí,
recuerdo que fue estupendo, sentí una sensación muy agradable y
totalmente nueva. Me gustó y decidí probar a ver que pasaba. Dije
otra vez la verdad y la cosa funcionó, el mismo placer, la misma
armonía del mundo.
A partir de ahí no pude parar. Me levantaba
temprano por la mañana y me ponía a decir la verdad aunque no
viniera a cuento. Al primero que se me ponía a mano le decía la
verdad.
Aquello daba gusto, aquello era vida. Nunca lo había
experimentado. Hasta ese entonces yo había venido haciendo lo que
podía, como todo el mundo. Pero decir la verdad, sólo la verdad en
todo momento, había estado lejos de mis intenciones.
Al tiempo
me ocurrió que, pese a yo querer decir sólo lo cierto, a veces me
resultaba muy difícil porque no estaba seguro de si algo era verdad
o no. Fue entonces que empecé a limitarme en la expresión de
verdades. Decía sólo cosas que yo estaba seguro que eran verdad.
Me
duró un tiempo esa etapa. Hasta que otra vez me vino la inseguridad.
Había frases que yo decía con total franqueza creyendo que eran
verdades, pero en realidad las había leído en un libro, o en un
diario, o alguien me las había contado. Yo no podía dar garantías
de que lo que decía era ciento por ciento verdadero.
Entonces
comencé a limitarme todavía más el horizonte. Afirmaba sólo lo
que era de fácil comprobación. Miraba por la ventana y decía:
"Llueve". Eso era cierto, comprobable. Enseguida, por si
acaso, limitaba el universo de la afirmación: "Llueve en
Montevideo, frente a mi ventana". Eso era indiscutible, cierto
de toda certeza. Bastaba sacar la mano por la ventana para
confirmarlo.
Poco a poco mi lengua fue eliminando los adjetivos.
No me animaba afirmar, por ejemplo, "Lindo día", porque
¿qué es "lindo"? "Lindo día", ¿para
quién?
Más adelante se me perdieron los adverbios: "Cae
agua lentamente", no era una afirmación comprobable.
¿"Lentamente" respecto a qué?
Algunas frases hechas
se me olvidaron. "Hace calor", "Hace frío". ¿Qué
era eso?, ¿Quién se atrevería a semejante afirmación tan marcada
de subjetivismo?
Perdí muchos verbos como saber; necesitar;
comprender, entender, querer.
Toda la hojarasca subjetiva del
lenguaje se me fue quedando por el camino. Cada día más liviano,
yo, en este mundo, más verdadero y silencioso.
En la última
etapa sólo conservé algunos verbos, muy pocos, y sustantivos
concretos. Si veía una mesa yo apenas me atrevía a afirmar "Mesa".
Ni grande ni chica ni cara ni barata ni buena eran afirmaciones
comprobables, objetivas.
Mi mujer me decía que me estaba
poniendo notoriamente más loco. No le contestaba. Porque si lo
hiciera tenía que decirle que aquello no era objetivo, y por tanto,
aunque lo lamentaba, no podía tomárselo como verdad. Que me
disculpara.
En los últimos meses he estado reflexionando sobre
la creación de un nuevo idioma, que evite lo subjetivo, lo no
verdadero y la imprecisión. La pregunta en que actualmente trabajo
es definir la palabra "objetivo".
¿Qué es objetivo?
¿Mi mujer es objetiva? Creo que lo es, pero está tan llena de
subjetivismo que no creo que comprendiera la importancia de mi
trabajo. Es por eso, por la verdad, que casi no hablo, con ella ni
con nadie. Ella dice que es mejor así, porque de ese modo no digo
tonterías.
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