sábado, 4 de diciembre de 2021

Naranjas en la sala- CARLOS LISCANO

UN DÍA me vistieron de salir y fuimos a una casa muy fresca que me acuerdo quedaba cerca de una estación de tranvías. Todo estaba muy limpio y en su sitio y había sillones floreados y alfombras por todas partes. Yo nunca había estado en una casa tan limpia y prolija. Allí seguro que era como en las películas que tenían un plato para cada comida y la gente dormía de pijama.

No podía enterarme de mucho porque estibamos de visita, pero hubiera estado bueno darle una recorrida a algunas piezas que habla hacia el fondo. De lo que estaba más o mano lo mejor era el sofá donde yo me imaginaba que uno podría acostarse a leer revistas. 

Conmigo estaba mi madre y mi abuela. Los tres en el sofá; yo en la esquina, entre mi abuela y el brazo del sofá. Al lado había una mesita con una lámpara de la que colgaban bolitas de vidrio. Mi madre conversaba con un señor de lentes que hablaba muy mal, hasta yo me daba cuenta. Al lado suyo estaba su mujer, una señora que también usaba lentes corno casi todos los ricos que yo había visto yendo con mi abuela a llevar la ropa que ella lavaba. El señor tenía problemas con la erre y otras letras. A mí me daba un poco de lástima, pero después de un rato ya empezó a aburrirme que fuera tan grande y no supiera hablar. No me animé a preguntar qué problema tenía, pero recuerdo que lo pensé. Creo que no lo hice porque en ese momento la mujer vino a traerme un par de naranjas.

Yo tenía cinco años. Mi madre trabajaba en una fábrica y quería comprar una máquina de coser "para redondear el sueldo", me acuerdo que repetía. En aquel momento yo todavía no sabía por qué habíamos ido a esa casa. Fui enterándome más adelante, de a poco. Primero, cuando mi madre recibió la máquina en casa. Después, con los años, de tanto en tanto me acordaba y comprendía un poco más aquella visita que habíamos hecho.

El señor vendía máquinas de coser y otras cosas a crédito. Cuando después él iba todos los meses por casa, yo sabía que estaba por venir porque mi madre andaba diciéndole a mi padre que en cualquier momento seguro aparecía "el judío" a cobrar y ella no sabía de dónde iba a sacar para pagarle si el mayorista todavía le debía los calzoncillos que ella le había cosido hacía dos meses. Entonces yo me acordaba de las naranjas.

Allí estábamos, muy sentados, en el sofá. En un momento la mujer se levantó y se fue. La cosa parecía que iba para rato y sólo se conversaba. Cuando estaba a punto de preguntarle a mi abuela por qué el hombre hablaba como los niños más chiquitos, fue que vino la mujer de lentes y se acercó a mí. En un platillo traía dos naranjas. También había un tenedor y un cuchillo y por debajo una servilleta blanca.

Yo cacé en el aire que era para mí antes de que ella la pusiera en la mesita y me sonriera. Me dijo algo en la misma medialengua del hombre de lentes y yo pensé que en esa casa todos hablaban mal. 

Pero al instante deje de interesarme por lo que decían y cómo. Pasé la mano por encima del brazo del sofá y me llevé una naranja para mi lado. Le hinqué los dientes y salió un pedacito de cáscara. Después de eso ya era mía.

Mi abuela me observaba y me hizo poner la cascarita en el platillo, con cuidado, para no ensuciar. Entendí que toda la cáscara tenía que ir depositándola allí.

Cuando había llegado a la mitad me aburrí de pelar y le clavé los dientes y me puse a chuparla. Ahora hablaban todos; mi madre y mi abuela como se debe, los otros dos mal, como parecía era su modo.

Pese a la naranja a mí nada de aquello me parecía divertido, y pensaba cuándo íbamos a irnos de esa casa tan rara. Por una puerta se vio pasar a un muchachito un poco mayor que yo. También llevaba lentes. Supuse que tampoco sabía hablar como la gente, igual que los dos viejos.

De pronto vi un perro, no de verdad, de porcelana, sobre otra mesa, al lado de un espejo. Decidí probar puntería. Apreté una semilla con los dientes y la dejé escapar. Erré, fue a dar a la alfombra. Enseguida tenía otra semilla en la boca. Probé de nuevo. Ahora le di al perro y sonó plic.

Así me entretuve un rato. Le di también un par de veces al espejo, para variar. Mucho más lejos había una olla de metal. Nunca había visto una olla puesta así, en vez de tenerla en la cocina. Pero los ricos siempre hacían cosas raras. Estos, de raros que eran, hablaban como se les antojaba y ponían las ollas en cualquier sitio.

Bueno, yo no podía hacerle nada, más que probar con la olla. Eso si que era difícil, pero parecía mucho mejor que el perro. Si me esmeraba tal vez le acertaba.

Preparé una buena semilla de las grandes y probé. La olla soltó un pliim muy lindo. Después ya me olvidé del perro y del espejo y seguí solo con la olla, meta y meta todo el rato.

Aunque aquellos dos hablaban tan mal, los cuatro seguían igual dele que dele. En medio se oían mis plim, y yo creía que nadie lo notaba. Nunca fui bueno con las semillas de naranja, pero aquel día toda la suerte se había puesto de mi lado. Creo que, a excepción de un par de tiros, le acerté todas a la olla. Los cuatro oían el ruidito y no sabían qué. Pero mi abuela siempre fue mucho más rápida que mi madre. Entendió y se quedó observando. Cuando se oyó el próximo tiro me dio con el codo y con los ojos, una mirada de aquellas que yo sabía eran un anuncio.

Durante un rato estuve mirando todo lo que había a mano sin saber qué hacer. Los cuatro no paraban. Así me distraje y le di otra vez a la olla. Era la última semilla, pero todavía me quedaba la otra naranja entera, que ya la tenía en la mano. Mi abuela me dio duro con el codo y me quité la naranja. Me tapé toda la cara con la servilleta para limpiarme y me raspé la boca y la nariz, como hacía siempre.

Me quedé sentado con las manos ente las rodillas, tratando de no mirar hacia la mesa, donde la otra naranja estaba meta hacerme señas.

Cuando salimos la cosa se puso muy mal. Mi abuela decía que era una vergüenza, que yo era un cerdo y otras lindezas y que conmigo no se podía salir. Que eso pasaba por la educación que se me estaba dando.

Mi madre me decía que yo no debía haber hecho aquello, y le explicaba a mi abuela que yo todavía era muy chiquito, que ya iba a aprender.

Mi abuela insistía en lo de cerdo y en la vergüenza que había pasado, la peor de toda su vida. Que la próxima vez había que dejarme en casa, para que aprendiera. Pero que con aquella educación ya todo estaba echado a perder y no había esperanzas. Sólo Dios podía saber dónde iría yo a terminar. "Una no sale con un cerdito tan sucio como éste", y me sacudía el brazo con la mano izquierda, que era la mejor suya y en la que tenía más fuerza.

A mí no me importaba mucho ni poco lo que mi abuela decía, sólo que ahora había empezado a sentir un poco de asco por aquella casa tan limpia, donde yo me había comido una naranja entera. Pero creo que en total no erré más de tres tiros esa vez.

La verdad y el silencio- Mario Arregui

 

HACE AÑOS que no hablo nada, con nadie. Empezó un día. No recuerdo cuándo, pero fue el día en que por primera vez dije la verdad. Sí, recuerdo que fue estupendo, sentí una sensación muy agradable y totalmente nueva. Me gustó y decidí probar a ver que pasaba. Dije otra vez la verdad y la cosa funcionó, el mismo placer, la misma armonía del mundo.
A partir de ahí no pude parar. Me levantaba temprano por la mañana y me ponía a decir la verdad aunque no viniera a cuento. Al primero que se me ponía a mano le decía la verdad.
Aquello daba gusto, aquello era vida. Nunca lo había experimentado. Hasta ese entonces yo había venido haciendo lo que podía, como todo el mundo. Pero decir la verdad, sólo la verdad en todo momento, había estado lejos de mis intenciones.
Al tiempo me ocurrió que, pese a yo querer decir sólo lo cierto, a veces me resultaba muy difícil porque no estaba seguro de si algo era verdad o no. Fue entonces que empecé a limitarme en la expresión de verdades. Decía sólo cosas que yo estaba seguro que eran verdad.
Me duró un tiempo esa etapa. Hasta que otra vez me vino la inseguridad. Había frases que yo decía con total franqueza creyendo que eran verdades, pero en realidad las había leído en un libro, o en un diario, o alguien me las había contado. Yo no podía dar garantías de que lo que decía era ciento por ciento verdadero.
Entonces comencé a limitarme todavía más el horizonte. Afirmaba sólo lo que era de fácil comprobación. Miraba por la ventana y decía: "Llueve". Eso era cierto, comprobable. Enseguida, por si acaso, limitaba el universo de la afirmación: "Llueve en Montevideo, frente a mi ventana". Eso era indiscutible, cierto de toda certeza. Bastaba sacar la mano por la ventana para confirmarlo.
Poco a poco mi lengua fue eliminando los adjetivos. No me animaba afirmar, por ejemplo, "Lindo día", porque ¿qué es "lindo"? "Lindo día", ¿para quién?
Más adelante se me perdieron los adverbios: "Cae agua lentamente", no era una afirmación comprobable. ¿"Lentamente" respecto a qué?
Algunas frases hechas se me olvidaron. "Hace calor", "Hace frío". ¿Qué era eso?, ¿Quién se atrevería a semejante afirmación tan marcada de subjetivismo?
Perdí muchos verbos como saber; necesitar; comprender, entender, querer.
Toda la hojarasca subjetiva del lenguaje se me fue quedando por el camino. Cada día más liviano, yo, en este mundo, más verdadero y silencioso.
En la última etapa sólo conservé algunos verbos, muy pocos, y sustantivos concretos. Si veía una mesa yo apenas me atrevía a afirmar "Mesa". Ni grande ni chica ni cara ni barata ni buena eran afirmaciones comprobables, objetivas.
Mi mujer me decía que me estaba poniendo notoriamente más loco. No le contestaba. Porque si lo hiciera tenía que decirle que aquello no era objetivo, y por tanto, aunque lo lamentaba, no podía tomárselo como verdad. Que me disculpara.
En los últimos meses he estado reflexionando sobre la creación de un nuevo idioma, que evite lo subjetivo, lo no verdadero y la imprecisión. La pregunta en que actualmente trabajo es definir la palabra "objetivo".
¿Qué es objetivo? ¿Mi mujer es objetiva? Creo que lo es, pero está tan llena de subjetivismo que no creo que comprendiera la importancia de mi trabajo. Es por eso, por la verdad, que casi no hablo, con ella ni con nadie. Ella dice que es mejor así, porque de ese modo no digo tonterías.

martes, 19 de febrero de 2019

Quevedo de mi vida



Ah de la vida… Francisco de Quevedo



“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni a dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

Este soneto pertenece a Francisco de Quevedo, uno de los poetas más representativos del Barroco. El Barroco es un movimiento artístico y literario del siglo XVII en España que se caracteriza por tratar temas como el desengaño y el pesimismo, producto de las circunstancias sociales que estaban aconteciendo en aquellos momentos.
Esta poema es un soneto (dos cuartetos y dos tercetos) cuya rima es consonante y cada verso tiene 11 sílabas, es decir, endecasílabo. El esquema métrico es ABBA ABBA CDC DCD.
Dividiremos este soneto en dos partes. En la primera parte, los cuartetos formarían una unidad temática ya que el poeta nos explica que se ha hecho mayor sin darse cuenta, el tiempo ha pasado y él está enfermo. La segunda parte estaría formada por los tercetos en las que la reflexión existencial sobre el tiempo dominan estas estrofas y acaban de dar sentido al poema, de marcado estilo pesimista. Solo hemos de fijarnos en los verbos: “fue”, “será”, “soy” para insistir en la idea del paso inevitable del tiempo que nos lleva a la muerte. 
En el primer verso encontramos la interrogación retórica “¿Nadie me responde?” que nos indica la soledad del poeta agudizada por la enfermedad y los años. Además el paso del tiempo lo podemos observar en los adverbios de los tercetos que insisten en esta idea: “Ayer”, “hoy” y “mañana” que además son términos antitéticos, recurso este (la antítesis) muy característico del barroco ya que muestran esa idea de contradicción y pesimismo.
La exlamación retórica ocupa el los dos primeros versos del segundo cuarteto insiste en la idea de fugacidad, de cómo el tiempo ha pasado tan rápido que él ni tan siquiera de ha dado cuenta. Este sentimiento de sorpresa se refuerza con el uso de la exclamación. Fijémonos también en la personificación de “la salud” y “la edad”.
Podríamos comentar las metáforas: “pañales” y “mortaja” que hacen referencia precisamente al principio de la vida, y al final de esta. Ambas etapas sintetizadas en el uso que hacemos de los paños característicos de cada etapa vital.
El uso de la conjunción “y” en el verso:”soy un fue, y un será, y un es cansado” nos da la sensación de lentitud, de recreación en el tiempo, de alargar algo que sabemos que es inevitable, como es la muerte.
En resumen, este soneto representa las características propias del Barroco sobretodo en su temática que destila el sentimento de pesimismo y desengaño que reflejan los autores de la época. La muerte y la reflexión sobre la vida ocupan la temática central de este poema que nos explicita cómo pasa de rápido el tiempo.


PAN GU Y LA CREACIÓN DEL MUNDO


TRADICIÓN CHINA

En el principio, el universo estaba contenido en un huevo, dentro del cual, las fuerzas vitales del yin (oscura, femenina y fría) y del yang (clara, masculina y caliente) se elacionan una con otra. Dentro del huevo, Pan Gu (o también Pan Ku), formado a partir de estas fuerzas, estuvo durmiendo durante 18.000 años. Al despertar, se estiró y lo rompió.
Los elementos más pesados del interior del huevo se fueron hacia abajo para formar la tierra y los más ligeros flotaron para formar el cielo. Entre la tierra y el cielo, estaba Pan Gu. Todos cada día, durante otros 18.000 años, la tierra y el cielo, se separaban un poco más. Pan Gu crecía la misma proporción por lo que siempre se llenaba el espacio intermedio.
Finalmente, la tierra y el cielo llegaron a sus posiciones definitivas. Agotado, Pan Gu, se echó a descansar. Y estaba tan agotado que murió. Su cuerpo y sus miembros se convirtieron en montañas. Sus ojos, se transformaron en el sol y la luna. Su carne, la tierra; sus cabellos, los árboles y las plantas; sus lágrimas, ríos y mares. Su aliento, fue el viento; su voz el trueno y el relámpago.
Y por último... las pulgas de Pan Gu... ¡se convirtieron en la humanidad!
Sunrise by the ocean (Vladimir Kush, 2000) de Vladimir Kush.